Medicina tradicioanl china

MEDICINA TRADICIONAL CHINA Y LA MODA DEL
KUNG-FU
En mi pueblo suelen decir El sant de lluny fa més
miracles, lo que se traduciría por «El santo de
lejos hace más milagros». Los ingleses dicen que
el césped del vecino siempre es más verde (aquí
no; poca gente tiene una casa con césped),
mientras que un castellano recio diría aquello de
culo veo, culo quiero. La pseudomedicina también
se aprovecha de esta fascinación por lo ajeno. Por
lo tanto, parece que el médico que tiene cara de
oriental, de amerindio o de lapón, no habla bien el
idioma y da remedios muy raros con nombres muy
trabajados del tipo «aliento de dragón ebrio»,
«espíritu indomable del viento de la taiga» o algo
así, ha de ser mejor que otro médico más normal.
Ya hemos visto que cuanto más caro y trabajado
esté un placebo, mejor funciona.
La medicina tradicional (china, india, azteca,
la que sea) no es más que un compendio de
prácticas asociadas al curanderismo o a la
etnología que no difieren demasiado de las que
pueden existir en cualquier sociedad
pretecnológica. Lo normal es que mezcle
elementos religiosos, etnobotánicos, tradicionales
y culturales. La china, en concreto, es tan efectiva
como lo pueden ser las recetas de los curanderos
de los pueblos del Pirineo o de las Alpujarras, o
como las terapias que se aplicaban hasta
principios del siglo XX en cualquier pueblo.
En mi pueblo también existía medicina
popular. Por ejemplo, para cortar los empachos
(tallar l’enfit) había que coger un pañuelo grande
y realizar un complicado ritual consistente en
poner un extremo en el ombligo del paciente y el
otro en el codo de la oficiante. Luego se iba
doblando, de forma que cada doblez medía más o
menos igual que el antebrazo de la oficiante. El
trozo de pañuelo que sobrara daba la medida de si
tenías poco o mucho empacho. Esto sólo podían
hacerlo las mujeres. Además, una mujer sólo se lo
podía enseñar a otra en Viernes Santo. Otra
costumbre era quitar las insolaciones con un vaso
encima de la cabeza mientras se recitaba una
oración (treu-me el sol del cap). Y, por supuesto,
como en todas las medicinas tradicionales,
siempre hay algo que tiene una base real: el
remedio que utilizaban las abuelas para el dolor
de cabeza era una tortilla con amapolas secas.
Desde luego, como analgésico era muy efectivo,
pero la abuela no superaría el antidoping.
Si hoy en día vieras a los médicos con
pañuelos, vasos de agua o tortillas de amapola en
un hospital, te asustarías. Y cuando la abuela hace
eso, muchas veces ni le prestas atención o piensas
que lee demasiados libros de gente que sale por la
tele. Sin embargo, cuando la persona que realiza
estos rituales no es la abuela sino un oriental,
parece que es algo más serio.

Es innegable que la milenaria cultura china nos
fascina. Nos atrae por lo que tiene de misterioso y
lejano. Nos gustan sus costumbres, su comida, su
religión, sus películas de artes marciales y hasta
sus productos manufacturados que compramos
como locos en el «todo a 100» y que inundan
nuestros hogares (o en comercios de élite, que las
principales marcas también se apuntan al made in
China). Parece que China se está resarciendo en el
ámbito comercial del colonialismo que ha sufrido
por parte de Occidente.
A lo largo de su historia, China desarrolló,
como todas las civilizaciones, varias lenguas, unas
expresiones artísticas, varias religiones y,
obviamente, una farmacopea y una medicina. El
estudio de la historia de la medicina se hace
siempre en base a la cosmovisión grecorromana,
olvidándose de los hallazgos en otras culturas. En
el Nei Jing, libro sobre medicina escrito por
Huang Di en el 2600 a. C., algunos autores han
querido ver una mención a la circulación de la
sangre por las arterias impulsada por el corazón,
aunque esto es cuestionable, ya que habla de la
energía vital Qi, que es la base de la medicina
china.
El problema es que, a veces, el legítimo
acercamiento a otra cultura que nos atrae se hace
de forma acrítica. Algo que procede de China o de
cualquier otra cultura es diferente, pero no
necesariamente mejor. Por desgracia, la
fascinación de lo exótico o el embrujo de
Shanghái, que diría Juan Marsé, nos hace perder el
imprescindible escepticismo. Unos años atrás, un
oscarizado director de cine comentaba que en
cualquier festival que salieran dos chinos volando,
éstos ya se llevaban todos los premios. Hace poco
tuvimos un caso extremo, el de Juan Carlos
Aguilar, presunto monje que se había convertido
en un personaje con cierto eco mediático debido a
que afirmaba haberse educado en el legendario
monasterio Shaolin y haber aprendido los secretos
del kung-fu, incluida alguna que otra habilidad más
propia del cine de ciencia ficción que de la
realidad física que habitamos, donde las rígidas
leyes de la termodinámica nos impiden levitar y
cosas por el estilo. Aguilar realizó estas
declaraciones en programas de televisión de todas
las cadenas. A pesar de que su centro se llamaba
Océano de Paz y de que su filosofía hablaba de no
violencia, no practicaba precisamente con el
ejemplo. Ya que actualmente se encuentra en
espera de juicio por asesinato de dos mujeres. Que
un señor predique una cosa y luego sea otra pasa a
menudo. No obstante, que nadie verificara sus
inverosímiles explicaciones sobre sus proezas en
Shaolin, es una prueba del escaso rigor
periodístico que existe en estos temas.

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