Homeopatìa. Historia y verdad

Bueno, voy a hacerlo: des
los golpes que des, el efecto para tu salud es el
mismo, ninguno. Todas son igual de inefectivas.
También difieren los homeópatas en el objeto que
hay que utilizar para el golpeteo. Muchos hablan
de superficies flexibles como el cuero o el pelo de
caballo. Se supone que Hahnemann descubrió que
si iba a tratar a los enfermos a caballo, la
medicina funcionaría mejor y por esto asumió que
el galope era la sucusión. La verdad es que
Hahnemann utilizaba su Biblia para los golpes
porque le otorgaba poderes curativos
sobrenaturales.
La administración de la homeopatía tampoco
es simple. Suele presentarse en diversas formas
(gránulos, colirios, pomadas, glóbulos, ampollas
bebibles, etcétera), todas ellas acompañadas de un
elaborado manual de instrucciones para su
administración que incluye indicaciones del tipo
de que no puedes tocarlo, tienes que utilizar una
cucharilla de tal metal, etcétera. Mi preferida es la
que afirma que la mucosa de la boca debe estar
limpia y que por eso no puedes ni comer ni fumar
quince minutos antes. Me recuerda a lo que me
decían en catequesis cuando iba a tomar la
comunión. Junto con la pasta que te cuesta, el
hecho de seguir un elaborado ritual y una
complicada liturgia (que hace que casi parezca
más un tema religioso que otra cosa), confiere la
apariencia de que manejas algo importante, cuando
realmente sus productos sólo tienen azúcar. Parece
como si este truco lo hubieran aprendido de un
ilusionista que sabe que, para engañarte, la
primera regla consiste en enfocar tu atención en
algo que es irrelevante. Si te fijas mucho en la
forma de administración, no te paras a pensar que
lo que estás administrando es nada.
Como novelista, Hahnemann se hubiera
ganado bien la vida. La explicación que da en su
obra Organon[3] acerca de por qué la homeopatía
funciona no tiene desperdicio. Según él, el
medicamento homeopático induce una enfermedad
artificial más fuerte que la natural, y dicha
enfermedad es la que despierta a la fuerza vital
para que efectúe la curación. Parece sacado del
libro de conjuros de Gandalf el Blanco. En
general, la obra de Hahnemann brilla por la
ausencia de rigor, incluso para su época. Las
aportaciones que en su momento podrían haberse
considerado novedosas o merecedoras de atención
han demostrado ser todas falsas. Nada de su
trabajo es aprovechable por la medicina. Por
ejemplo, sabemos que no existe esa fuerza vital
que se suponía que estaba dentro de todos los
seres vivos gracias al trabajo de químicos como
Liebig y Büchner. La materia y las reacciones
químicas que se producen dentro de un ser vivo
son iguales y siguen las mismas leyes que las que
se producen en la materia inanimada. De hecho,
cuando se leen sus escritos, uno se da cuenta
inmediatamente de que están impregnados de un
tufillo mesiánico, con continuas referencias a la
voluntad divina y al Dios creador que ilumina su
obra.
A pesar de todo, la homeopatía triunfó muy
rápido porque llegó en el momento adecuado al
lugar conveniente. En tiempos de Hahnemann, la
medicina resultaba muy agresiva. Era la época de
las sangrías, los baños fríos y los vapores de
mercurio. Muchas veces el tratamiento suponía
más riesgo que la enfermedad, por lo que un
tratamiento homeopático (es decir, un no
tratamiento) no tenía la peligrosidad de un
tratamiento y esto le daba una apariencia de
eficacia.
Algunos homeópatas pretenden decir que esto es similar a lo
que pasa en el cuerpo cuando te vacunas y que la homeopatía
funciona de igual manera. Falso como un billete con la cara
del Fary. Cuando te vacunas, en tu cuerpo entra una cantidad
medible de un antígeno (primera diferencia, en un
medicamento homeopático no hay ninguna cantidad medible
de la tintura madre), que estimula a tu sistema inmune a
producir anticuerpos contra ese antígeno que te protegerán si
más adelante te contagias de esa enfermedad. La producción
de anticuerpos también se puede detectar en un análisis, lo
que nos permite saber si la vacunación ha sido efectiva o no.
En cambio, después de tomarte un medicamento homeopático
no se produce ningún cambio en tu cuerpo; es igual que si no
te lo hubieras tomado.
Esta apariencia de eficacia contribuyó a que
la obra de Hahnemann se extendiera por el mundo.
Aunque no es que sus continuadores lo hicieran
mejor. Por ejemplo, Korsakov ideó un método de
dilución que consistía en llenar un tubo de 100
mililitros y, a continuación, vaciarlo; lo que se
quedaba en las paredes era lo que se utilizaba para
la siguiente dilución (exacto, a ojo). Constantine
Hering, en el prólogo del libro de Hahnemann
Enfermedades Crónicas[4] estableció la ley de
Hering, según la cual:
— La mejora y la curación se producen desde
dentro hacia fuera. — Los síntomas desaparecen desde arriba hacia
abajo. — Las molestias van desde un órgano importante
hasta otro menos importante. — Los síntomas desaparecen en el orden inverso
a su aparición.
Huelga decir que son un auténtico
despropósito, que nada tiene que ver con la
realidad.
Pero hay más escuelas homeopáticas, como la
unicista kentiana de James Tyler Kent,
desarrollada en Estados Unidos, que suma a las
elucubraciones de Hahnemann las suyas propias,
influidas por el pensamiento teosofista de Emanuel
Swedenborg (filósofo al que Kant llamaba el
«oráculo de los espíritus», ya que afirmaba hablar
con ellos), según el cual hay que dar un único
remedio una única vez. Por lo menos esto sale más
barato, pero efectivo no parece. La homeopatía
también cumple otro principio de las
pseudomedicinas, que es que cuando no hay
evidencia científica que la respalde, aparecen
múltiples variantes, casi tantas como gente que las
practica. Existen homeópatas unicistas,
complejistas y pluralistas, incluso gente que saca
el paquete completo y junta la homeopatía con la
naturopatía, la hipnosis, la iridiología... o lo que le
venga en gana.

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