HOMEOPATÍA, EL AZÚCAR MÁS CARO DEL MUNDO

HOMEOPATÍA, EL AZÚCAR MÁS
CARO DEL MUNDO
Me da la impresión de que más de una persona se
va a sorprender cuando lea que la homeopatía es
una de tantas pseudomedicinas. Hoy por hoy, ésta
conforma la élite de la pseudomedicina, es la
aparentemente más respetable, la que se menciona
en muchos reglamentos europeos, la que recetan
los médicos y venden en farmacias con aspecto de
normalidad. Incluso está cubierta por algunos
seguros privados, y en algunos países, por el
sistema público. Sin embargo, no sostiene que es
algo distinto de la medicina oficial ni reniega de
ella, sino que trata de camuflarse dentro de ésta
como cualquier terapia válida. Del mismo modo,
imita en todos los aspectos a un medicamento
normal, a diferencia de los preparados de
medicina natural, hermosamente adornados con
plantas y flores. Se vende en asépticas cajas de
cartón con un diseño espartano; se presenta en
forma de pastillas, gránulos o colirios e incluso
lleva un prospecto como si fuera un fármaco, pero
en el que nunca aparecen contraindicaciones ni
efectos secundarios. ¿Cuál es el truco? ¿Es una
medicina de verdad? ¿Por qué tiene tanto
predicamento entre médicos y farmacéuticos?
LAS ELUCUBRACIONES DE HAHNEMANN
Como la mayoría de las pseudomedicinas y a
diferencia de la medicina, la homeopatía no surge
del trabajo paciente de muchos años y de muchos
científicos, sino que es el resultado de las
elucubraciones de un señor, Samuel Hahnemann.
La iluminación le llegó en 1796, mientras traducía
el libro de William Cullen A Treatise on Materia
Medica.[1] Hahnemann cuestionó lo que exponía
Cullen en éste y para probar su error ingirió una
alta dosis de quinina. Como consecuencia sufrió
fiebres y sudores, que son los mismos síntomas
que provoca la malaria, la enfermedad que se
supone que pretendía curar.
A partir de esta experiencia desarrolló los
principios de la homeopatía. El primero, similia
similibus curantor («lo semejante cura a lo
semejante»), viene a decir que toda sustancia que
es capaz de provocar ciertos síntomas en un
hombre sano puede también curarlos. De ahí el
nombre de homeopatía, en el que se funden las
palabras griegas homoios (semejante) y pathos
(padecimiento). En este punto ya podemos aplicar
el principio de que si una pseudomedicina parece
una gilipollez, realmente lo es. Si su hipótesis es
cierta, como los antirretrovirales curan el sida y el
herpes, una persona sana que los tome se
contagiará del sida y del herpes, ¿no? Pues
obviamente, no. Haciendo el razonamiento a la
inversa, tampoco funciona. A una persona que
tenga insomnio, ¿le damos café o anfetaminas? No
parece la mejor solución.
Analizado su experimento con espíritu
crítico, se comprueba que el rigor y el método
científico brillan por su ausencia. ¿Controles?
¿Placebo? ¿Repetición? Ninguno. Un pequeño
detalle que olvidan los homeópatas es que los
síntomas de la intoxicación por quinina son
zumbidos en los oídos. Pero, de la misma forma
que a ti te acaba picando la oreja si alguien te dice
que ésta le pica, Hahnemann obtuvo los resultados
que esperaba obtener. Si en vez de experimentar en
él mismo le hubiera dado la elevada dosis de
quinina a un paciente sin decirle qué esperaba que
le pasara, éste habría informado de un molesto
zumbido en los oídos, pero no de fiebre ni de
sudores. Otra posible explicación acerca de los
síntomas que experimentó Hahnemann es que él
fuera alérgico a la quinina y que hubiera sufrido un
choque anafiláctico, lo que haría la historia mucho
más ridícula, ya que en ese caso habría construido
su teoría en base a una observación errónea.
Si el primer principio de la homeopatía te
parece tonto, vayamos al siguiente. El segundo
principio viene a decir que cuanto más diluido está
el principio que causa la enfermedad, más potente
es su efecto. Es decir, tú coges un veneno y
empiezas a diluirlo en agua. Según la homeopatía,
cada vez que lo diluyes, estás potenciando sus
efectos. Imagina que pones azúcar en el agua.
Como es obvio, tendrá un sabor dulce porque tu
lengua detectará la presencia de moléculas de
azúcar. ¿Qué pasaría si cogieras una gota de la
mezcla de agua y azúcar y la pusieras en un vaso
con sólo agua? Habría más moléculas de agua y
menos de azúcar y, por lo tanto, notarías el sabor
menos dulce. Si repitieras esta operación varias
veces, al final no te quedaría azúcar y el líquido
no estaría dulce, simplemente sería agua. Fácil de
entender, ¿no? Pues un homeópata te dirá que a
medida que vayas diluyendo, se potenciará su
efecto. ¿Te lo crees? Yo tampoco.
Si esto fuera cierto, tendría que haber algo
medible. Si un fármaco presenta una cierta
composición, ésta puede ser verificada por
algunos sistemas de análisis

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